

Introducción
Introducción general: La mundialización y el momento histórico de la Democracia Nacional
El modelo de sociedad en el que hoy vivimos es todavía, en esencia, el surgido de las ideas del racionalismo moderno tal como lo desarrollaron los pensadores europeos del siglo XVII y de la Ilustración. Estas ideas han constituido un mundo sobre cuya viabilidad a medio plazo comienzan hoy, por primera vez, a surgir dudas ostensibles en la opinión pública de las sociedades occidentales.
Parece extenderse con cierta constancia la sospecha de que el frente de problemas que empieza a rodear a nuestro modo de vida tiene la envergadura suficiente como para abocarnos a una crisis social en la que nuestros hábitos e instituciones se verían sacudidas por contradicciones muy difíciles de resolver manteniendo intacto nuestro sistema social. No es raro, en esta situación, oír voces teñidas de desánimo e incluso de total desesperanza, no es poco frecuente la opinión de que todas las conquistas sociales de la Modernidad están abocadas a una ruina irremediable a medio plazo.
Frente a este tipo de fatalismo desalentado nosotros entendemos que la única actitud históricamente responsable es la que, desde el reconocimiento de los problemas y la dolorosa clarividencia sobre sus raíces, no está, sin embargo, dispuesta a dejarse llevar por el catastrofismo ni a consentir una regresión histórica en la racionalidad social, renunciando sin más a los logros de la Modernidad. Pues bien, es esta actitud la que presta su tonalidad general a nuestra reflexión inicial.
Es indudable que la Modernidad ha jalonado los últimos siglos de nuestra Historia con etapas decisivas en el desarrollo del espíritu humano: la voluntad de desalojar la arbitrariedad del seno de la vida social y el acceso del hombre a su plena autoconciencia como ser libre y responsable son objetivos irrenunciables que heredamos con el complejo legado de estos siglos. Pero parece imposible desconocer que, a un mismo tiempo, nuestra época ha llevado hasta el extremo la voluntad de racionalidad, hasta un extremo en el que la imagen del hombre y su sociedad empieza a entrar en contradicción con la naturaleza humana real, de modo que parece que nos hemos desviado peligrosamente de todo camino histórico efectivamente transitable. Es necesario preguntarse en qué momento tomamos el camino del callejón sin salida que hoy intentamos sortear.
Entendemos que el espíritu de la Modernidad ha insistido en concebir al ser humano como un ente solitario en el universo, aislado, desarraigado, arrancado de sus vínculos con la naturaleza, con la Historia y con el espíritu. Este esfuerzo titánico del hombre moderno por centrarse de modo absoluto sobre sí mismo, desechando todo intento de encontrar armonía en un orden natural, estaba a largo plazo destinado a entrar en contradicción con la realidad de las cosas y tenía, por eso mismo, que terminar levantando un frente de contradicciones en diversos órdenes -el espiritual, el nacional, el económico, el ecológico …- que es el que hoy amenaza la viabilidad de nuestra sociedad y exige la matización de sus fundamentos espirituales.
Modernidad e Ilustración alumbraron el proyecto de un diseño social perfectamente racional que, teniendo al individuo humano abstracto como único ladrillo, pudiese ser extendido a la totalidad del planeta, seccionando con el filo de la razón los lazos de cada pueblo con su Historia, con su entorno y con todo concepto de divinidad. En aras de la materialización de este diseño el hombre había de dejar de sentirse heredero de una tradición que pudiese cimentar una identidad colectiva, tenía que dejar a la vez de sentirse parte del sistema de la naturaleza para pasar a establecer con ella una relación de mera explotación exhaustiva; y tenía que dejar de lado la profunda intuición de que la verdad de su naturaleza lo relegaba, como destino último, a una espiritualidad trascendente.
De este modo la autoconciencia racional del individuo se convirtió en un delirio de megalomanía que ha terminado por hacer imposible la constitución de una identidad colectiva sobre los vínculos y las determinaciones que dan su contenido real a la vida humana comunitaria. Desde esta ideología se desencadenó la voluntad de homogeneizar a todos los pueblos del globo destruyendo progresivamente sus identidades nacionales, la voluntad de extirpar sistemáticamente la huella de lo sagrado en la existencia de los hombres y la voluntad de entregarse al dominio técnicoeconómico del mundo como destino último del género humano. Y la definitiva consecución de tales objetivos habría de coincidir con la instauración de una paz perpetua que bien podría considerarse el fin de la Historia. El hecho es que hoy, en lugar de ese pacífico final feliz, la sensibilidad general detecta la amenaza de un futuro inquietante. A todo esto es a lo que hoy llamamos “mundialización” o “globalización”, y constituye el hecho histórico-político crucial de nuestra época: con relación a él se definen las dos únicas posturas políticas realmente posibles.
Nadie ignora que el gran proyecto de la Modernidad, que acabamos de caracterizar en un par de trazos, se encarnó fácticamente en dos versiones distintas: el liberalismo y el comunismo.
El primero era, en esencia, el intento de acceder a los objetivos de la Modernidad mediante la instauración de una concepción contractualista de la sociedad que encontraba su expresión más pura en las relaciones desnudas de mercado. El comunismo se proponía la obtención de resultados semejantes utilizando esta vez como medio la expansión mundial de un Estado totalitario. El reciente derrumbamiento de esta segunda versión del racionalismo social moderno ha dado paso a una situación que no ofrece a nuestros contemporáneos más proyecto social e histórico que la propuesta final del liberalismo: la reducción de la humanidad a un único mercado planetario. Nos enfrentamos hoy, pues, a la versión capitalista de la mundialización o globalización. Es el proyecto liderado por las grandes fuerzas económicas y políticas de nuestro tiempo y por esa gran potencia estatal que se ha erigido en juez y guardián del mundo; es también el proyecto de una intelectualidad que, crítica en tiempos pasados, presta hoy cobertura ideológica al capitalismo internacional con un discurso sospechosamente igualitarista y universalista. Pero a la vez que, por el empuje casi irresistible de esas fuerzas, vemos cada día más cerca la materialización de ese designio, asistimos también a la generación de disonancias cada vez más estruendosas que nos hacen presentir el fracaso final del intento.
Falta, en primer lugar, a esa dudosa empresa histórica la capacidad de convertirse en fundamento eficaz de la vida social comunitaria. Nuestra existencia colectiva está vacía.
Y es que una sociedad pierde el fundamento de su vida en común cuando deja de tener, como colectividad, fines propios y distintos de los fines de sus partes, cuando la comunidad misma se ha disuelto en los intereses privados de sus individuos. Por desgracia hoy, en nuestra sociedad, toda proposición de fines, valores o principios colectivos, diferentes y ocasionalmente superiores a los fines de las partes, corre el peligro de ser tachada de «integrismo» o de «totalitarismo». El dogma oficial insiste en erradicar todo vínculo social que no proceda del simple interés de los particulares expresado en la red de contratos económicos de un mercado mundial unificado. Y nadie parece darse cuenta de que este discurso, que es el dominante, viene a ser un verdadero integrismo, un fundamentalismo del dogma individualista: no es de por sí evidente que el individuo puro sea la única referencia posible en la construcción de la sociedad y que el entramado de sus contratos sea la única sustancia posible de lo social. No es de por sí evidente que tengamos que pasar, más allá de una economía de mercado, a una sociedad de mercado.
Pero todavía resulta más dudoso que ese fundamentalismo individualista sea compatible con la supervivencia de nuestra sociedad a medio plazo. Este modelo social, en cuya encarnación cada vez más pura insisten incansablemente las grandes fuerzas sociales, tiene delante problemas que no parecen triviales: ¿es capaz este modelo de reconstituir la ética social mínima que es precisa para la supervivencia de una comunidad compleja como la nuestra? ¿es capaz de satisfacer la universal aspiración de los pueblos a recuperar y conservar su identidad nacional? ¿es capaz de resolver los desórdenes económicos y sociales que se avecinan a nivel nacional e internacional? ¿es capaz de organizar una respuesta eficiente al desafío ecológico? ¿podrá sobrevivir a la crisis política que puede ser la consecuencia de todos los problemas anteriores? Con toda probabilidad la naturaleza misma de este modelo social, así como los intereses que lo sostienen, lo incapacitan para dar una solución global a esta oleada de problemas que vemos avanzar hacia nosotros desde el futuro cercano.
Por eso es absolutamente preciso que nazca la fuerza social capaz de hacerse cargo del significado de nuestros problemas y de plantear una salida global coherente a nuestra situación actual. Esta iniciativa social, que nos esforzamos en construir, tiene que hacer llegar a nuestros conciudadanos la conciencia de la necesidad de matizar los conceptos de hombre y sociedad que hoy están vigentes. Es bien posible que en el porvenir las sociedades avanzadas se vean obligadas a renunciar a esa consideración extremadamente racionalista del ser humano que lo trata como un «yo» puro carente de raíces. Es posible que, como consecuencia directa de esta renuncia, la sociedad del futuro tienda a recoger en su sustancia contenidos de dimensión supraindividual que permitan una nueva articulación de las relaciones entre el hombre y los grandes ámbitos en los que éste por naturaleza hunde sus raíces. Y es bien posible que esta nueva articulación señale el único camino posible hacia el reencuentro con esos fundamentos comunitarios mínimos que deben garantizar la persistencia de nuestra sociedad y en este momento parecen faltar.
Entendemos que todas esas raigambres que enlazan la existencia del hombre con su tradición, su cultura, su entorno natural y su aspiración espiritual son, en cuanto fundamento de la vida en común, el contenido de lo que llamamos la identidad nacional. Y a todo ello nos referimos cuando hablamos de lo nacional: su reivindicación no es ni patrioterismo ni tribalismo ni un tradicionalismo servil sino el sobrio esfuerzo por devolver a nuestro pueblo aquellos pilares de su vida comunitaria que, conformando su identidad colectiva, lo conviertan en una comunidad de sentido capaz de traducirse en un proyecto histórico viable.
La idea nacional, en la medida en que comporta la sustitución del integrismo individualista, implica devolver a la sociedad el compromiso mínimo que resulta imprescindible para asumir colectivamente los retos que la realidad misma lanza a todo grupo humano que lucha por su supervivencia. Es la ausencia de ese compromiso mínimo, es el dogma individualista, el que hoy nos impide enfrentarnos ya con serenidad a los problemas que apuntan en el horizonte: la simple suma de intereses individuales y de libres contratos no es instrumento suficiente para garantizar nuestra existencia futura como comunidad; es necesario que nos vayamos agrupando como nación para hacer frente coordinadamente a nuestros problemas, y, por eso, es necesario que sentemos las bases espirituales de un reagrupamiento nacional. Pero esta voluntad de compromiso que conlleva la idea nacional como nosotros la queremos ha de ser ante todo tolerante, de una tolerancia que corte el paso a todos los integrismos, también al individualista, para asumir y proteger las conquistas de la racionalidad moderna: este es justamente el desafío que nos proponemos.
Estas conquistas a las que nos referimos son la libertad colectiva y la libertad individual. La libertad colectiva no es más que la democracia en sentido estricto, es decir, la capacidad de un pueblo de determinar su destino. La libertad individual está constituida por las llamadas «libertades fundamentales» y por los derechos humanos. Todo junto constituye lo que cotidianamente llamamos «democracia» sin más. La democracia, como marco político-jurídico, es la forma general de nuestra sociedad. Desde la perspectiva de que la democracia es un bien que hay que defender existen hoy motivos para considerar que la libertad colectiva y la libertad individual se encuentran coartadas por las élites financieras y políticas. Además estamos inmersos en una dinámica que tiende a falsear aún más la participación del pueblo en la toma de decisiones en virtud de un doble proceso.
Por una parte, se hace cada vez más evidente que las élites económicas, políticas e intelectuales de nuestro mundo, articuladas de modo creciente a nivel supranacional y apoyadas en el dominio de los recursos financieros, los partidos políticos y los medios masivos de comunicación, están secuestrando la soberanía popular. Estas élites se cierran sobre sí mismas en un circuito inaccesible para el ciudadano, que ve disminuir día a día la efectividad de sus cauces de participación política y que se siente cada vez menos representado por sus dirigentes conforme constata que sus problemas cotidianos quedan permanentemente desatendidos. Lo característico de este proceso es que los centros de decisión se alejan paulatinamente del pueblo hacia instancias internacionales: por eso entendemos que el rescate de la soberanía popular pasa hoy necesariamente por el rescate de la soberanía nacional, de forma que hoy la reivindicación de lo nacional se presenta indisolublemente unida a la reivindicación de la democracia.
Y, en segundo lugar, la democracia española está corroída por su propio vacío interno. A aquellas naciones a las que se concede la libertad hay que concederles a la vez la oportunidad de emplearla en grandes tareas nacionales. En otro caso se obtendrá no más que una cohorte de individuos espectrales habitando una democracia fantasmal. La democracia es la forma jurídico- política de la sociedad, pero a esa forma hay queofrecerle un contenido: nuestra democracia se nos muere de puro vacío, puesto que siendo un continente sin contenido se parece cada vez más a la cascara de un fruto vano. Este es, pues, el momento de proponer lo nacional como contenido de esa forma que es la democracia, y de esta sencilla propuesta se deriva nuestra fórmula: democracia nacional.Queremos que bajo o la forma de la libertad nuestro pueblo sea capaz de retornar a su identidad comunitaria, que sea capaz de volver a tomar como nación las riendas de su destino histórico, para asegurarse la capacidad de construir en el futuro una patria próspera. Porque esta es nuestra voluntad y porque estamos convencidos de que la crisis histórica de nuestra sociedad exige una respuesta original, decidimos comprometernos con la tarea de ofrecer al pueblo español la vía de la democracia nacional como proyecto político decididamente renovador.
