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Cruz al atardecer

Crisis espiritual y ética de occidente

Reflexión inicial

Una de las evidencias de las que tiene que hacerse cargo una aceptación crítica de la racionalidad moderna es la profunda crisis ética y espiritual en la que nuestra sociedad va sumergiéndose de manera aparentemente irreversible. No es difícil estar de acuerdo en que sin la resolución de esta situación resultara muy improbable la resolución del resto de nuestros problemas sociales y políticos: es por lo que esta crisis se convierte en un asunto de interés político prioritario.

La crisis de que hablamos puede describirse por sus efectos en dos niveles: en el nivel personal y en el nivel social. Existe en un número creciente de ciudadanos una crisis personal de ausencia de sentido, que se manifiesta en el creciente número de depresiones y otros trastornos psíquicos, en la inestabilidad de la vida personal y familiar, en las conductas asociales, en el alcoholismo, la drogadicción y finalmente en la búsqueda de sucedáneos espirituales en las sectas, la superstición, y, en otras latitudes, en el resurgir del fanatismo religioso. Existe, por otra parte, una crisis de la moral social, que se hace patente en los índices de criminalidad y en la práctica sistemática del delito de guante blanco por quienes se presentan como los líderes de la comunidad. Y esta situación no es sólo espiritualmente, sino también funcional y materialmente desastrosa.

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Topamos aquí, probablemente, con uno de los límites de nuestro modelo de sociedad, estamos no ante un fenómeno accidental o coyuntural, sino ante una consecuencia estructural de los errores de la ideología moderna. Para mostrar esto parece adecuado buscar sumariamente el origen de este estado de cosas en las fallas de la racionalidad vigente. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

En lo que a lo moral y a lo espiritual concierne la gran aportación de la Ilustración fue, como hemos mencionado anteriormente, la consagración social del principio de la autonomía de la voluntad racional, o si se prefiere, de la libertad individual de conciencia. Creemos que el valor inmenso de ese principio queda reconocido en nuestra convicción de que solamente sobre él pueden construirse una eticidad y una espiritualidad auténticas, adecuadas a la dignidad humana: una espiritualidad construida contra ese principio es un sinsentido. Pero lo racionalmente imprescindible empieza a deslizarse hacia lo aberrante cuando lo que ha de ser la base para la edificación se convierte en el edificio mismo, cuando la autonomía de la voluntad individual pasa a ser fin último en sí misma y único fin último en sí misma. Entonces es de nuevo el yo humano el que se convierte en fin último y la objetividad del espíritu abdica otra vez en la particularidad del individuo. Como desenlace de este proceso no pueden esperarse más que la sinrazón y la arbitrariedad generalizadas. Y es este proceso el que puede explicar el origen de la crisis espiritual a nivel personal y a nivel social.

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El sinsentido experimentado a nivel personal se produce en el momento en que el individuo humano, que es finito pero está tocado por un anhelo de infinitud, intenta encontrar esa infinitud en sí mismo, intenta encontrar en su yo fundamento suficiente para satisfacer su ansia de sentido. Este intento va acompañado de una renuncia a encontrar un sentido en la realidad: en la naturaleza, en la Historia, en la comunidad, en el espíritu. El resultado es que, por una parte, el propio yo en su evidente finitud se revela insuficiente para ofrecer un sentido permanente de la vida, y por otra parte el mundo queda despojado de toda racionalidad, el universo se convierte en un monstruo frío contra cuya facticidad bruta amenazan con estrellarse inútilmente los esfuerzos éticos individuales; es la consecuencia última del rechazo apriorístico y sistemático de toda religiosidad. La posibilidad de la existencia de un orden natural que dé sentido a la realidad, armonizando naturaleza, Historia y espíritu, desaparece totalmente. El individuo se queda a solas con su yo y con el sinsentido.

La ruina de la eticidad social posee un origen paralelo. Después que el yo humano se ha elevado a valor supremo, en un primer momento este yo puede constituirse en un ideal capaz de exigir a los individuos concretos el reconocimiento de deberes morales; tendremos así una época en la que alguna gente todavía sera capaz de sacrificarse por la humanidad. Pero pronto el yo ideal sera desplazado por el yo real y concreto de cada uno que al fin y al cabo «es el único del que, desde Descartes, se tiene verdadera certeza». Entonces, generaciones enteras educadas casi exclusivamente en la conciencia de sus derechos incondicionados serán abocadas a la sensación de que el yo concreto de cada uno merece inmediata y automáticamente cuanto le apetezca. La capacidad de sacrificio moral habrá desaparecido y el propio egoísmo se convertirá en horizonte insuperable. De este modo los excesos del racionalismo moral ilustrado desembocarán en irracionalidad y amoralidad. Que de hecho hemos recorrido buena parte de este camino lo evidencian fenómenos sociales como la moral del dinero y el éxito personal, o la ligereza con la que se plantean cuestiones como la del aborto, en donde el ser humano aun no nacido pasa a ser considerado un simple apéndice del cuerpo de la madre: un cabello o una uña que puede cortarse a voluntad.

De nuevo en este título tenemos que decir que las aportaciones de la racionalidad moderna, a saber, la autonomía de la voluntad y la libertad de conciencia son logros incuestionables. En razón de ello no somos partidarios de un Estado confesional ni, muchísimo menos, de ningún tipo de intolerancia religiosa. Sin embargo, si parece necesario remediar los desastres de la presente situación denunciando el fundamentalismo individualista que está en su raíz. La autonomía y la libertad de conciencia deben ser los medios para relacionarse individual y colectivamente de la manera adecuada con la realidad natural, social y espiritual. Sobre esta disposición es necesario reconstruir un sentido de la ética personal basado en el orgullo de reconocer antes los propios deberes que los propios derechos; y sobre la reconstrucción de la ética personal ha de ser posible la recuperación de una moral comunitaria que sea el cimiento último de la democracia nacional.

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Propuestas programáticas

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Nuestras propuestas en este ámbito han de afectar principalmente a la educación, al contenido del mensaje de los medios de comunicación y a la permisividad de las conductas, especialmente, las de los cargos políticos. El sector de población más afectado por este problema y al que deben ir mayoritariamente dirigidas nuestras medidas es, desde luego, la juventud. Proponemos:

  • Modificar y fortalecer el sentido de lo ético en el contenido de la educación y la enseñanza, asentando la noción esencial de que la dignidad de sujeto moral se adquiere reconociendo antes los propios deberes hacia los demás que los propios derechos frente a los demás.

  • Vigilar el contenido de los mensajes transmitidos por los medios de comunicación, advirtiendo severamente contra toda exhibición capaz de suscitar actitudes permisivas, o incluso de admiración, hacia conductas inmorales, violentas, antisociales, egoístas o insolidarias.

  • Promocionar, en cambio, la estima social de los comportamientos ejemplarmente éticos.

  • Alentar las iniciativas sociales de carácter altruista y solidario, como la ayuda a compatriotas necesitados, la ayuda a países necesitados, la donación de sangre, la protección de los animales, de la naturaleza, del patrimonio histórico-artístico etc. Ofrecer a la juventud nuevos contextos en los que pasar el tiempo libre, relacionarse y formar el carácter moral.

  • Perseguir eficazmente y someter a censura pública las conductas inmorales o delictivas de los ciudadanos de especial notoriedad, y en primer lugar las de quienes desempeñan altos cargos públicos.

  • Desarrollar programas de ayuda económica, social y de cualquier otro tipo para todas las mujeres que decidan ser madres, oponiéndonos a cualquier tipo de práctica abortiva. En este sentido, agilizar al máximo los procedimientos de adopción

  • Difundir una actitud general respetuosa con la religiosidad y la eticidad.

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